Alma en pena
“Era ya tarde cuando Juan Pérez salió de su casa para dirigirse al trabajo. Caminaba ligero, pues, sabía que su jefe volvería a llamarle la atención, por ello, apretó el paso. Al poco tiempo, empezó a percatarse de que las calles estaban vacías: no había nadie, no se cruzó con ningún transeúnte. Extrañado, miró a su alrededor, y el miedo comenzó a apoderarse de él. ¿Qué pasaba? Era un día normal, como otro cualquiera, un martes, y estaba en su pueblo, en su barrio, pero… no percibía movimiento alguno. Tras varios rodeos y completamente atemorizado, llegó al trabajo. Tampoco había nadie. Entró a su despacho, fuera de sí, descolgó el teléfono… no había línea. Por un momento creyó que era una broma macabra, pero…¿Qué sentido tenía? ¿Todo el pueblo iba a ponerse de acuerdo? Lleno de sudor se adentró en el lavabo y, tras echarse agua fría en el rostro, pudo comprobar que el espejo no le devolvía su imagen. Tampoco él existía.
Los periódicos contaron que, tras el accidente, no pudo rescatarse el cuerpo del joven que respondía a las iniciales J.P., ni siquiera su alma”.
Los periódicos contaron que, tras el accidente, no pudo rescatarse el cuerpo del joven que respondía a las iniciales J.P., ni siquiera su alma”.
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